No turbes, pues, mi paz con tus discursos, amigo: mucho sabes; pero mi sueño sabe más... ¡Aléjate! No quiero gloria ni heredad ninguna: yo lo que tengo, amigo, es un profundo deseo de dormir
Amado Nervo

Frases de Amado Nervo - No turbes, pues, mi paz con tus discursos, amigo: mucho sabes; pero mi sueño sabe más... ¡Aléjate! No quiero gloria ni heredad ninguna: yo lo que tengo, amigo, es un profundo deseo de dormir

Más Frases


Vivir en la mente es esclavitud, a menos que la mente se haya convertido en una parte del cuerpo.
Jalil Gibran
La mejor manera de aprender a expresarse con facilidad es hablar con mujeres, pues no hace falta pensar lo que se dice.
Benjamín Disraeli
La belleza ha terminado por recurrir a la verborrea.
Yukio Mishima
Notó la mirada de la chica pegada a él. Recobró la sangre fría. El agente secreto tomaba las riendas y su mente empezaba a trabajar con frialdad, buscando pistas, mentiras, dudas.
Ian Fleming
Hablé, lloré y entré por aquel lado, porque no tiene Dios puerta cerrada al corazón contrito y humillado.
Félix Lope de Vega y Carpio
El Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene identidad porque las tiene todas!
Mario Vargas Llosa
Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él.
Teresa de Calcuta
Aguardamos la hora decisiva, el momento preciso en que los pueblos se hunden o se salvan
Emiliano Zapata
Era una flor solitaria, mariposa gozosa te posaste ahí; después el polen de otra flor mas fragante llamó, y la mariposa voló
Frida Kahlo
Los que hacen sacrificios son muy queridos y admirados, ¿Verdad, tío? -Si el sacrificio es real, sí. Pero muchos de los más valientes no son conocidos nunca y nadie ensalza sus actos. Esto no amengua la belleza del gesto, aunque tal vez lo hace más duro, pues a todos nos placen las alabanzas.
Louisa May Alcott